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Desde el instante en que llegamos a este mundo, somos sostenidos por un amor que no necesita condiciones ni intercambios. Es un amor primordial, creativo, el mismo que dio origen a nuestra existencia. No es un amor que se negocia: es un amor que se recrea, que se expande, que nos sostiene incluso cuando no somos capaces de verlo. Según la visión místico-espiritual, nunca hemos dejado de estar dentro de esa matriz original; más bien, hemos recorrido un camino de olvido, alejándonos de lo que realmente somos para poder emprender la gran travesía de recordar.
Recordar no es un proceso mental: es un proceso de consciencia. Es volver a la materia limpia de nuestro ser, a ese punto interno donde no hay necesidad de control, repetición o esfuerzo. Recordar es un acto de apertura, no de tensión. Cuando recordamos, nos re-sintonizamos con las ondas de nuestra creación, con ese flujo natural que nos conecta con el amor, con la vida y también con la sexualidad como energía sagrada.
Por eso, en este enfoque, la palabra “aprender” puede resultar tóxica, no por su significado literal, sino por la carga que le damos culturalmente. Aprender, para nuestro cerebro, suele significar repetir ciclos, imitar patrones, memorizar, ajustarnos a lo que se espera. Son bucles de 6 o 7 años en los que repetimos comportamientos, heridas, culpas, deseos y frustraciones. Cuando vivimos en modo “aprendizaje”, entramos en un circuito cerrado: ciclos, picos de estrés, síntomas orgánicos que se manifiestan como señales de que nos hemos alejado demasiado de nuestra naturaleza profunda.
En cambio, cuando elegimos recordar, entramos en un movimiento ondular. Las ondas no repiten: fluyen, evolucionan, se transforman. Las ondas no buscan aprobación: buscan expresión. Y desde ese fluir, la vida entera se convierte en un acto creativo.
Recordar en el amor
En las relaciones afectivas, aprender suele traducirse en adaptarse, “hacer las cosas bien”, intentar encajar para no perder al otro. Nos enseña a construir máscaras, guiones, expectativas. Repetimos lo que vimos, lo que nos dijeron, lo que nos funcionó o lo que nos hirió. Vivimos relaciones desde los ciclos: patrones que se repiten una y otra vez.
Pero recordar en el amor significa volver a la autenticidad que ya está dentro. Es amar sin guiones heredados, sin miedos antiguos repitiéndose. Recordar es sentir al otro desde el presente, no desde la historia. Cuando recordamos quiénes somos, dejamos de buscar amor y empezamos a encarnarlo. Y desde ahí, las relaciones dejan de ser un intercambio emocional para convertirse en un encuentro de almas que se reconocen.
Recordar en la sexualidad
La sexualidad es uno de los territorios donde más se nota la diferencia entre aprender y recordar. Aprender sexualidad implica técnicas, expectativas, comparaciones, rendimiento, juicio. Es un ciclo que genera ansiedad y desconexión.
Recordar la sexualidad, en cambio, es recuperar la energía vital que fluye naturalmente en nosotros. No hay técnica, hay presencia. No hay perfección, hay intimidad. No hay presión, hay expansión. Es volver a habitar el cuerpo como templo y canal de placer sagrado. En este estado, la sexualidad deja de ser un acto mecánico y pasa a ser una experiencia de energía, conexión y creatividad.
La invitación: dejar de aprender y empezar a recordar
Recordar no es un acto intelectual, es un regreso. Es volver a sentir la onda de nuestro origen, esa vibración limpia que nos recuerda que ya somos completos, amados y creativos por naturaleza. Es dejar de buscar afuera la aprobación, el amor o la validación, y permitir que nuestro ser más profundo emerja.
Recordar quién soy es el camino de liberación, en el amor, en la sexualidad y en la vida misma.
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