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Desde hace algún tiempo, mis conversaciones con mi madre han tomado un tono distinto. Antes hablábamos de tareas pendientes, de proyectos por concluir, de responsabilidades y quehaceres. Pero, conforme pasan los años, he notado en su voz una leve tristeza, un tono de melancolía que se desliza entre sus palabras. "Ya no puedo hacer lo que hacía antes", me dice con resignación. "Antes, me levantaba temprano, limpiaba la casa, cocinaba para todos, salía de compras sin cansarme. Ahora, todo me cuesta más". Y aunque trato de animarla, de decirle que no tiene que hacerlo todo, veo en sus ojos la lucha interna entre el Ser y el Hacer.
Vivimos en una sociedad que nos enseña desde pequeños que nuestro valor está en lo que hacemos. Nos miden por nuestra productividad, por los logros alcanzados, por las metas cumplidas. Y cuando el cuerpo ya no responde de la misma manera, cuando el cansancio se vuelve un compañero constante, sentimos que perdemos nuestro propósito. Pero, ¿es realmente el hacer lo que nos define? ¿O es el ser lo que verdaderamente nos da sentido?.
Cuando hablo con mi madre, intento recordarle que su valor no reside en cuántas cosas puede hacer en un día, sino en lo que es, en lo que ha sido y en lo que sigue siendo. Porque en su presencia hay amor, hay calidez, hay historia. Ella es el pilar de nuestra familia, no porque haga más que los demás, sino porque su Ser nos envuelve con una ternura que nada puede reemplazar.
Le digo que no es necesario correr de un lado a otro para demostrar su utilidad. Que su sonrisa, sus palabras, sus recuerdos compartidos son suficientes. Que cuando nos sentamos juntas a conversar, cuando me cuenta de su infancia, de sus alegrías y de sus miedos, ella me da más de lo que cualquier acción podría darme. Su Ser, su Esencia, es lo que nos conecta.
En un mundo que nos presiona a siempre estar ocupados, nos olvidamos de simplemente Ser. Nos cuesta estar en el presente, nos cuesta aceptar que no somos máquinas de producción. Pero la vida no se trata solo de Hacer, sino de Sentir, de Conectar, de Amar. Y eso es algo que intento transmitirle a mi madre. No importa si ya no puede hacer todo lo que hacía antes; lo que realmente importa es que sigue aquí, sigue siendo quien es, y eso es más que suficiente.
Cuando aceptamos que nuestro valor no está en el Hacer sino en el Ser, encontramos Paz. Nos permitimos disfrutar de los momentos sencillos, de una conversación tranquila, de una tarde en calma. Dejamos de medir nuestra existencia en función de tareas cumplidas y empezamos a valorar el simple hecho de existir.
Le digo a mi madre que su esencia es lo que nos une. Que aunque ya no corra como antes, aunque sus manos descansen más a menudo, su amor sigue siendo el mismo, su presencia sigue llenando de luz nuestro hogar. Y eso, más que cualquier acción, es lo que realmente importa.
En la vejez, en la pausa obligada por el tiempo, encontramos la oportunidad de redescubrirnos. De aprender que lo más valioso no es lo que hacemos, sino lo que somos. Y en cada conversación con mi madre, en cada palabra que compartimos, intento recordarle esto: que su Ser es un regalo, que su existencia es suficiente, y que el Amor que nos une va mucho más allá del Hacer.
¡¡Gracias Ama!!